Israel se prepara para las elecciones del 27 de octubre en un contexto de empate entre dos bloques políticos y un creciente cuestionamiento sobre la integridad de su democracia. Benjamin Netanyahu, primer ministro durante 19 años, ha liderado el gobierno más extremista en la historia de Israel, incluso estando imputado por tres causas judiciales y enfrentando una orden de detención de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y contra la humanidad. A pesar de esto, su derrota no está garantizada, ya que el sistema político israelí se caracteriza por priorizar la identidad tribal sobre la rendición de cuentas y las políticas concretas.
Según el periódico español El País, en una democracia “normal”, Netanyahu habría sido destituido hace tiempo, especialmente tras el ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 y las prolongadas guerras marcadas por crímenes de guerra. Sin embargo, la democracia israelí es peculiar, y los votantes parecen no priorizar la responsabilidad de sus líderes. El diario El Diario informa que el Comité Electoral Central intentó prohibir la participación de partidos árabes, aunque el Tribunal Supremo revirtió la medida, dejando al descubierto una fractura interna y un poso antidemocrático.
Ambos medios coinciden en que ninguno de los partidos contendientes logrará la mayoría absoluta en la Knéset, lo que resultará en una coalición inestable. El País señala que, al igual que en Hungría, el mejor resultado esperable es la sustitución del gobierno extremista de Netanyahu por una administración más respetuosa con la ley, aunque una política exterior radicalmente nueva parece improbable. El Diario destaca que, como ha ocurrido tradicionalmente, los partidos árabes probablemente quedarán excluidos de la conformación de una mayoría parlamentaria.
El País subraya que Netanyahu ha explotado los miedos de la población al enfrentar identidades israelíes y judías, evocando episodios de hostilidad árabe y promoviendo la idea de que la seguridad israelí no se logrará a través de la paz. El Diario añade que el presidente de Estados Unidos ha tomado partido abiertamente por Netanyahu, posiblemente para evitar dificultades en caso de que pierda las elecciones. La situación en Gaza ha llevado a la Corte Internacional de Justicia a abrir una causa por posible genocidio.
Nuestra lectura es que las elecciones israelíes se presentan como un reflejo de una profunda polarización y una erosión de los principios democráticos básicos. Si bien la figura de Netanyahu enfrenta serias acusaciones legales y críticas internacionales, el artículo sugiere que la identidad tribal y el miedo prevalecen sobre la responsabilidad política, lo que podría asegurar su continuidad en el poder o, en el mejor de los casos, una simple sustitución de un gobierno extremista por otro menos radical. La exclusión potencial de los partidos árabes y la intervención estadounidense añaden complejidad a un panorama ya fragmentado.
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